
Esa noche, fue una noche especial en “la esquina del barrio”. Todos mis amigos se habían vestidos con sus mejores “fachas”, todos estaban preparados para el gran “encuentro”. Yo vivía a una cuadra de “la esquina”, y caminar esos metros, me cargaba de una especial expectativa, ya que siempre encontraría nuevas vivencias y esa noche, no sería la excepción. Mientras me acercaba a la cita en “la esquina”, divisé a lo lejos, a mis amigos, que estaban acompañados por tres chicas, que eran nuestras “invitadas”. Vi a lo lejos que mis amigos, alrededor de ellas, hacían sus mejores esfuerzos por mostrar lo mejor que tenían. Como monos en feria. Recuerdo que las chicas estaban apoyadas en un viejísimo, “Chevrolet” gris plata, del año 50, cuyo propietario era nuestro común amigo, que lo llamábamos cariñosamente, “Lobo”. El “Chevy” le daba al momento, una imagen muy a lo “Happy Days”. Me seguí acercando, poco a poco, y cuando estuve a unos dos metros, el grupo de chicos, que estaban parados en círculo alrededor de “las invitadas”, voltearon para ver al recién llegado, y al abrirse el círculo, como una cajita de cristal, mostraron a la joya que iluminó aquella noche. Sí, era “Nefertiti” y me quedé estático.
Corría el año 1987, cuando de casualidad, por unos amigos comunes, me enteré que “Nefertiti” se había enfermado. Una mañana, como cualquier otra, y de una manera sorpresiva, así como esos días en que ocurren las peores cosas, se paró frente a su espejo para peinarse, cuando de repente, observa con terror sin límites, que su hermosa cabellera, empezaba a caerse, mechón tras mechón. La “alopecia” había entrado a su vida. Esa intrusa enfermedad auto-inmune, que hasta el momento, la ciencia no ha podido determinar con exactitud, la verdadera causa que la genera, es decir, hasta la fecha, es incurable. No produce la muerte física, pero si la muerte emocional, ya que arrebata, a la persona que la sufre, su propia identidad psico-física. Ese aciago día, “Nefertiti” conoció la adversidad, esa que llega de un momento a otro, y que nos coge siempre, cuando no estamos preparados. En realidad, pienso que los seres humanos, nunca estamos preparados para nada, solo aprendemos en el camino. La enfermedad, la estaba llevando a “Nefertiti”, por ese paraje desconocido y solitario, donde siempre habita, justo cuando estaba dejando de ser una niña, y empezando a ser una mujer. No solo perdió el 100% de su hermosa cabellera y el vello de todo su cuerpo, sino que perdió el apoyo de muchas personas, que en teoría, debieron apoyarla, pero que, no solo no lo hicieron, como ella lo necesitaba a gritos, sino que increíblemente, se encargaron de dañarla en lo más profundo, y hacer con ella, como dice esa lapidaria frase: “leña del árbol caído”, mostrando esa miseria humana, que hace, muchas veces, de éste mundo, “un lugar especial para sufrir”. De todas las pérdidas que “Nefertiti” estaba experimentando, la más delicada de todas, era, el amor propio. Yo, en esa época, estudiaba en la Universidad y exploraba la vida, como todo trovador errante. Un día me llegó la noticia de la enfermedad de “Nefertiti” y se me rompió el corazón, ya que pensé que una chica tan linda como ella, no se lo merecía. A pesar de haberla visto unas dos o tres veces más, desde que la conocí, esa maravillosa noche en la que me enamoré de ella, intenté contactarla, pero una persona muy cercana a ella, en ese tiempo, me lo impidió. “Nefertiti”, era prisionera de su enfermedad, y su alma, estaba extraviada, en medio de la bruma, como un barco a la deriva.
"Nefertiti" me contaría que a pesar del dolor que sentía, ella no se dejó vencer, levantó los pedazos rotos de su alma, y se rehizo para poder seguir, y a pesar de la pesada cruz que cargaba, logro salir adelante con sus planes, la Universidad, el trabajo y su permanente sueño, de explotar, todo ese extraordinario talento que guarda dentro de ella. Años después, comprobaría, que "Nefertiti", era una mujer más fuerte de lo que yo pensaba. En realidad todas las mujeres, tienen una fuerza excepcional, que la muestran en los peores momentos. "Nefertiti" lo hizo para salvar el barco de su vida, y lo logró, para mi felicidad.
Paso el tiempo, y cinco años después, en 1992, un amigo común, me llamó para comentarme que “Nefertiti” se encontraba muy sola, y que ella, le había pedido que me llame. Cuando me enteré de eso, no dudé ni un segundo en llamarla, después de diez años, desde que la conocí, el día del “relámpago de amor”. La llamé con las mejores intenciones, como un simple amigo. En esa llamada, percibí que los dos estábamos necesitados de una buena amistad, de esas que no exigen nada, ni presionan, solo brindan apoyo y compañía, y así, empezamos una maravillosa amistad, que dejamos en suspenso durante todos esos años, y que pudo convertirse, tiempo atrás, en amor, pero que, por esas cosas del destino, que solo Dios sabe, nunca se concretó. A fines del año 1993, la invité al Karaoke del “Country”. Ella no lo conocía, y recuerdo vivamente, su linda carita, cuando asombradísima, entró por primera vez al local, sintiendo la misma sensación que yo sentí, cuando yo lo conocí. Con un entusiasmo, que no sentía desde hacía mucho tiempo, pidió cantar, “Killing Me Softly With His Song” de Roberta Flack, y la cantó con mucha dulzura, con esa suave y melodiosa voz, que deja salir, solo cuando está feliz y relajada.
Fueron dos años maravillosos, en los que “Nefertiti” y yo, nos hicimos, primero, mejores amigos, para terminar siendo unos locos amantes. Recuerdo con emoción, todo lo que vivimos, primero como amigos, y luego, cuando decidimos ser pareja, un inolvidable 08 de marzo de 1995, después de haber cultivado una amistad a prueba de balas, durante casi dos años. Nunca olvidaré, aquella noche en la que “Nefertiti”, después de convencerla de dar el primer paso hacia su liberación mental de la “alopecia”, confió en mí, aceptó, y como no lo había hecho antes, tuvo la valentía, de salir conmigo en el auto, sin peluca, por la céntrica y tradicional Avenida Larco, para que pudiera sentir, después de años, la libertad de la noche miraflorina, sin temor, sin dolor, con confianza, y sobre todo acompañada por alguien que la amaba. “Nefertiti”, de haber tenido la cabellera más hermosa, sufre, enormemente por esa situación, y yo, siento, una frustrante sensación de impotencia de no poder ayudarla como ella quisiera. Quisiera, tener ese poder de la sanación, para curarla y que recupere su cabello, y pueda correr y correr, con libertad, sin tener miedo a que se le caiga la peluca, o nadar, sin pensar que la peluca se quedará flotando en el agua, y ser objeto de las burlas, muy propias de esa tan cruel y soberbia cultura limeña. Ella sufre eso todos los días, desde el momento que sale a la calle. Cuando hace sus compras en el “market”. Esas crueles miradas, llenas de burla e ignorancia, que les impide entender el dolor humano, y que le causan tanto, tanto daño emocional, situación que la ha llevado, tantas veces, a querer irse del país, y en algunos momentos de profunda depresión, de esta vida. En medio de todo eso, asumí y me encargué de hacerle sentir, de una manera decidida, clara y comprometida, que podía contar conmigo al 100%. Le hice sentir, que mi amor por ella, va más allá de su belleza física, ya que para mí, ella será siempre la mujer más hermosa del mundo, no solo físicamente, sino por ese enorme y maravilloso corazón de niña, que tiene, y que contadas personas conocen. Y así, pasó el tiempo y, poco a poco, llegó el momento en que, me encontraba feliz, hablando con ella, feliz comiendo con ella, feliz escuchando música con ella, feliz cantando con ella, hasta que un día, no pude más, y le dije lo que sentía, que me había enamorado perdidamente de su alma, que la amaba, que ella era mi “relámpago de amor”, y que me sentía, inmensamente feliz a su lado.
Desde el primer día de nuestro reencuentro, “Nefertiti” fue sincera conmigo y me dijo que había tomado la decisión de irse del Perú, y que desde varios años atrás, había iniciado, los trámites para obtener su “Green Card”, e irse para siempre a New York, y reconstruir su vida, con el apoyo de su familia, que residía en esa ciudad, desde los 70´s. Recuerdo ese extraño día, cuando “Nefertiti” me dijo que fuera urgente a su casa, porque tenía que darme una noticia. Cuando llegué, preocupado por ella, la encontré derramando unas lágrimas en silencio, con un sobre en la mano. Sin decirme palabra, me lo entregó, y yo sin entender nada, lo abrí, y cual sentencia condenatoria, leí la carta del Consulado Norteamericano, que por tantos años, “Nefertiti”, había esperado, y que por esas paradojas de la vida, le llega, en el momento en que había encontrado, por fin, el amor. Ella sentía que la felicidad le era permanentemente esquiva, y que Dios no la quería, ya que sentía que todo en su vida era un “castigo”. Primero, la enfermedad, luego la dolorosísima separación de sus padres, y finalmente, y por último, el otorgamiento de la “Green Card”, después de muchos años de haberla solicitado reiteradamente, justo cuando, por fin, había encontrado, el amor, y ponerla en la disyuntiva de irse a New York, a rehacer su vida y renunciar al amor, o quedarse en Lima y renunciar a sus sueños iniciales, de retornar a esa vida americana que tanto extrañaba y le gustaba. Tenía que tomar una decisión, y esa decisión, determinaría el rumbo de su vida. El Gobierno Americano, le daba 15 días para ingresar a USA, y “el Imperio”, es demasiado frío, como para entender los temas del corazón, ya además, sinceramente, no creo que lo tenga.
Al paso de los años, me doy cuenta que Dios usó a “el Imperio” para sus designios, ya que, sino hubiese sido por esa inicial denegatoria de visa, por parte del Consulado norteamericano, “Nefertiti” se hubiese ido a New York” muchos años antes de “reencontrarnos”. En fin, el poder de Dios es, obviamente, superior al poder del “Imperio”, y no me extraña comprobar que, lo utilizó para ejecutar sus designios. Cuando terminé de leer la carta del Consulado, creí en ese momento, que nuestra historia de amor, estaba llegando a su fin. Pero me equivoqué. Ahora, con esa mirada retrospectiva, que solo la puede dar el tiempo, observo que nuestra historia de amor, en ese momento, no estaba terminando. Estaba, más bien, felizmente empezando.
Durante el trayecto de regreso, del Aeropuerto a mi casa, puse la radio, y quise creer que había hecho lo correcto, que mi amor por “Nefertiti” era un amor desprendido y “responsable”. Había dejado de lado el profundo amor que sentía por ella, por respetar su sueño de regresar a New York, y hacerse una nueva vida. “Nefertiti”, después de tanto sufrimiento, soledad e incomprensión, durante tantos años seguidos, tenía derecho a ser feliz. Con todos esos “responsables” pensamientos me acosté esa noche, sin imaginar, que al día siguiente, conocería por primera vez en mi vida, a la soledad, en toda su cruel dimensión.
Y así fue. Desperté con una sensación de no tener mi corazón en su sitio. Mi mente estaba como sedada. No podía tragar la saliva. Mis manos temblaban. Nada estaba en su sitio. Todo era incertidumbre y angustia. Y así, cargando el peso del eco de mis propios pasos, salí a trabajar, tratando de creer que nada había pasado, que todo continuaría igual. Mis arengas positivas ya no funcionaban, no me las creía, ni yo mismo. Ese día, no pude concentrarme en nada. Mi hermano "el despierto", con el que yo trabajaba, me recomendó que me tome el día, para disiparme. Y así lo hice. Salí a caminar, y creyendo que si hablaba con ella por teléfono, me iba a pasar todo esa angustia, me fui al locutorio para llamarla por teléfono. Me contestó triste, silenciosa y muy distante. Yo, tratando de aferrarme a los últimos vestigios de actitud positiva, que me quedaba, la aconsejaba tontamente, que continúe su vida “con optimismo”. Ella, no contestaba, sus lágrimas la estaban ahogando desde lejos. Saliendo del locutorio, me sentí peor que nunca. Caminé de regreso a casa, por todo el hermoso bulevar de la Avenida Pardo, que ese día, de hermoso no tuvo nada, ya que me sentí como un condenado por amor, directo al cadalso del olvido, caminando por “The Green Mile”. El camino se hizo interminable, y mis piernas empezaban a sentir el terrible peso de mis dudas. Cuando llegué a casa, me encerré en mi dormitorio, prendí el televisor. Por ese tipo extraño de “causalidades”, de esas que están presenten en todos los desenlaces de las historias de amor, se presentaba una película con muchas escenas de amor intenso. No recuerdo el nombre de la película, ni la trama, ni el nombre de los actores, lo único que recuerdo es que había mucha nostalgia, melancolía y besos, muchos besos, cerré las persianas, y con la habitación, en completa oscuridad, me sentí completamente solo, frente a ese televisor, como un autómata, mirando como mi historia de amor con “Nefertiti”, pasaba por esa pantalla. Me cogí el rostro y la cabeza, moviéndola hacia delante y hacia atrás, deseando que todo sea una pesadilla. Quería que desapareciera el dolor de mi alma, por haber dejado partir a “Nefertiti”, el amor de mi vida, y no haber hecho nada para impedirlo, y eso, simplemente, mi corazón no lo soportaba más.


Ni bien salí de la cola, la llamé por teléfono a “Nefertiti” para darle la noticia. Ella, se quedo más muda que las mudas. No podía creerlo. Balbuceó las siguientes palabras: “N-o-l-o-p-u-e-d-o-c-r-e-e-r”. Yo me sentía orgulloso de mi alianza con Dios, y de las maravillosas señales que me manda día a día en mi vida (Ver: http://ojoavizorlimaperu.blogspot.com/2008/09/la-seal.html). Yo necesitaba esa visa para cumplir mi sueño de buscar a “Nefertiti” en New York, y Dios, mi gran aliado, me la había concedido. El quería juntarnos. Y así fue.
Con el corazón “en estado de hibernación”, decidí dejarme llevar por la marea. “Nefertiti”, después de haberse graduado en una de las mejores escuelas de Terapia Física, para el tratamiento del Altzheimer, ubicada en Manhattan, había conseguido un buen contrato para trabajar en una prestigiosa empresa neoyorquina que brinda servicios para el cuidado de personas adineradas con esa enfermedad. Sin embargo, tuvo que suspender su contrato por mi llegada a New York. Asimismo, se había presentado a la U.S. Navy, dado que le fascina la disciplina, el orden y pertenecer a una organización fuerte y unida.

Mi primera impresión de “New York” la tuve desde el avión, y me pareció, realmente, una ciudad del futuro. Su modernidad y paisaje es propio de una Alejandría del Siglo XXI.

Mi primer contacto con “el metro” de Manhattan, fue impactante, teniendo en cuenta que en Lima, todavía no tenemos un metro.
Me sorprendió también, encontrar esos verdaderos genios de la música, en sus pasillos. Muchos de ellos, realmente podrían ser muy famosos concertistas.


Y por la noche, es una fantasía pintada en el aire.
“Nefertiti”, a pesar de todo su fastidio, había hecho una gran labor de conseguirme un “basement”, en una bonita zona de “Flushing”, en los bajos de donde vivía mi suegra “Caramelo”. Ella es una mujer muy inteligente y trabajadora, y siempre preocupada por los suyos y de los demás. Ha ayudado a mucha gente, a hacer una vida. Ella logró abrirse paso en “New York” a pesar de haber adquirido la nacionalidad estadounidense casi a los 50 años. Hoy tiene casi setenta, y realmente es para quitarse el sombrero, por su tenacidad, carisma y por todo aquello que ha logrado en su vida, gracias a su propio esfuerzo y tesón, que ha hecho de ella una mujer muy fuerte, tanto que viene resistiendo una “leucemia” desde hace varios años, que no puede acabar con ella, por esa actitud positiva que ella tiene ante la vida. Es increíble ver como una mujer con leucemia avanzada, con sesiones mensuales de quimioterapia, y para coronar, con osteoporosis, cada cuatro meses, coge su maleta, y se va a un crucero por Las Bahamas, o a Europa, o a Acapulco, como si no pasará nada. Es admirable. Ahora, con los años, me doy cuenta que mi suegra “Caramelo” fue, en realidad, nuestra cómplice. Guardó nuestro secreto de amor prohibido, con un digno y admirable silencio. Ella es una mujer muy romántica, que a pesar de haber sido herida de muerte en su corazón, nunca dejó de creer en el amor, y por eso fue la única que nos ayudó en nuestra locura de amor. Con los años, y a pesar de las desavenencias iniciales, propias de las suegras, he aprendido a valorarla como lo merece, por lo que siempre tendrá un lugar especial en mi corazón. Para mí, más que una suegra, la recordaré siempre como nuestra noble cómplice de amor, y no podría ser de otra manera, ya que, su corazón está hecho de “caramelo”.

La primera vez que conocí Manhattan, fue la noche del 31 de Diciembre de 1996, cuando “Nefertiti” me llevó a “Times Square” para recibir el Año 1997. Recuerdo vivamente, esa noche, cuando subiendo las escaleras de la salida del metro al “Rockefeller Center”, me encuentro con una selva de rascacielos, de un tamaño que nunca había visto antes en mi vida.
Lo que nunca voy a olvidar, es ese olor a piedra y acero, tan característico de Manhattan. Había miles de almas, entre turistas, newyorkinos, policías, etc., todos embarcados en una gran fiesta en las calles, con sus lentes amarillos conmemorativos del año nuevo, gorros y pitos, y todo ese “cotillón” que se usa, para recibir el año.
Durante los dos primeros meses que me quedé en New York, “Nefertiti” y yo, discutíamos a diario, sin embargo, la pasión entre los dos, crecía en relación proporcional a su fastidio. Sus prioridades comenzaron a cambiar, pospuso contratos, hasta que finalmente, decidió pedir una licencia, por todo Marzo, para poder dedicarse a mí. La irresponsabilidad del amor estaba apareciendo nuevamente en nuestras vidas. Era una buena señal. Comenzamos a explorarnos, primero a nosotros mismos, y luego a explorar la ciudad. Había regresado, la locura del amor, y cuando eso sucedió, empezó nuestra intensa historia de amor en New York.
Salíamos, desde muy temprano, a caminar de la mano, durante horas, por toda la isla de Manhattan. La recorrimos, de punta a punta, con nuestras mochilas a la espalda. Nos alimentábamos solo de “hot dogs”, sándwiches de “atún”, manzanas rojas y agua pura. Eso comimos, para economizar, durante toda la exploración que hicimos de ese maravilloso territorio de 21 km de largo, que fue vendido, en el Siglo XVII, por los indios americanos, a los colonizadores holandeses, por sólo 24 dólares. Visitamos el Museo de Arte Metropolitano, donde “Nefertiti” se quedó prendada de las obras de Claude Monet, una réplica de las cuales, actualmente, tenemos enmarcado en nuestro dormitorio.
Caminamos por el hermoso “Central Park”, y su “Strawberry Fields”, allí donde se encuentra el tradicional azulejo de “Imagine”.
"Nefertiti" me acompañó una mañana, a comprar mi hermosa guitarra acústica “Yamaha”, y esperó pacientemente, durante horas, como las probaba una por una, ya que ninguna guitarra es igual que otra. A ella le encantaba que le cante, suavemente, sentado al pie de la cama, hasta que se quedaba profundamente dormida, "Real Love" de John Lennon:
Por la noche, regresábamos al “basement” con toneladas de libros, documentos, encartes, etc, etc., y yo me ponía a leer uno por uno, hasta altas horas de la madrugada, y descubría cosas increíbles de la ciudad. Una de ellas es que Manhattan, es una ciudad donde muchísimas cosas se pueden conseguir totalmente “free”. Una de esas actividades gratuitas, fue obtener una beca para estudiar inglés por dos meses, en la New York Public Library (NYPL), la más importante Biblioteca de New York. Fue así como pude economizar un dinero que lo tenía destinado para pagar un curso de inglés mientras duraba mi estadía en NY, y que nos sirvió para seguir explorando “la gran manzana” con “Nefertiti”. En la NYPL, conocí excelentes personas, con los que pude practicar mi inglés. Había estudiantes croatas, húngaros, serbios, hindúes, rusos, japoneses, etc., todos profesionales que habían llegado a NY para empezar una nueva vida, huyendo de la violencia política de sus países, economías en crisis o simplemente postular a becas en universidades americanas, que era mi caso. La NYPL fue una experiencia inolvidable.
Yo sentía que estaba recuperando poco a poco a “Nefertiti”, y era feliz en silencio. Ella tenía nuevamente esa mirada maravillosa, y su corazón se estaba entregando al mío. Empezamos a reconocernos el uno al otro, ya nos besábamos en cada esquina de “la Gran Manzana”. Nuevamente hacíamos todo juntos y sentíamos que esa gran ciudad, era nuestra. Caminamos abrazados por el “Riverside Park” mirando el río Hudson.
Nos sentábamos en nuestra librería favorita “Barnes & Noble”, en la que podíamos leer todos lo libros que queríamos y nadie se atrevía a molestarnos, y lo mejor de todo, no se obligaba a comprar. Era la librería de los sueños, para cualquier lector peruano, que lamentablemente está acostumbrado a ser perseguidos por el personal de las librerías (que parecen de la “Gestapo”), y expulsados con la mirada, si no compras el libro que tocaste. Fuimos muy felices en "Barnes & Noble", sentados entre sus estantes, sin que ningún "celador de la cultura", nos moleste.
Fuimos, también, a la Estatua de la Libertad en el “ferry”, y nos subimos a la cabeza de la estatua y miramos todo New York desde allí. Fue una experiencia extraña estar "literalmente" dentro de la mente de "Miss Liberty". Percibí en toda su magnitud, la sensasión de libertad que habrá sentido, el gran escultor francés "Bartholdi", cuando la observó al terminarla.
"Nefertiti" y yo, nos sentamos en la baranda del “South Street Seaport”, y desde allí miramos el puente “Brooklyn”, sintiendo intensamente el magnetismo de esa maravillosa ciudad. Era como si nuestra historia de amor, fuese muy, pero muy antigua. Como si, en otra vida, ya "nos hubiésemos amado tanto".
Strangers in the Night
“Nefertiti” comenzó nuevamente a ser mi auténtica compañera. Ya no éramos dos témpanos de hielo, ya que en el camino nos derretimos por las brasas del amor, que despertaba de su estado de “hibernación”, cada día, y fue así como, poco a poco, como se logran las grandes cosas en la vida, que empecé a recuperar el amor de “Nefertiti”. A demostrarle, con mi presencia en New York, que juntos podíamos lograr más cosas en la vida, que separados. Que ambos nos necesitábamos, ya no con ese amor casi estudiantil que tuvimos en Lima, No. Que nos necesitábamos para construir algo diferente, algo duradero, un auténtico compromiso. Y New York, era nuestra prueba de fuego. Dios nos había juntado en esa maravillosa ciudad, para darnos la oportunidad, a los dos, de entender “su señal”. De esta manera, dimos nuevamente, rienda suelta a nuestro amor, y no podíamos celebrarlo de otra manera, que en un “karaoke”, así que buscando, encontramos uno muy bonito, en el edificio del “Citibank”, que curiosamente, era el banco que me estaba financiando el viaje. El “Karaoke” tenía una gran ventanal, por el cual, mientras uno cantaba, se podía observar los magníficos “Skyscrapers”, con el fondo de una noche estrellada. La imagen eran inigualable, así que la canción perfecta para la ocasión era: “Strangers in the Night” del gran Frank Sinatra:
El punto cumbre de nuestra locura de amor, fue viajar por la costa este de Estados Unidos. Cogimos nuestras mochilas, y sin importarnos el escándalo familiar que se suscito en la familia de “Nefertiti”, fuimos a la “Penn Station” y nos subimos en un “Greyhound” y nos escapamos con dirección a Philadelphia y a Washington, en un primer viaje, y a New Haven y Boston en un Segundo viaje. Lo que vivimos en esos viajes fue sencillamente inolvidable.

De Washington, conocimos el Capitolio, La White House, la “Congress Library”, que es la Biblioteca más grande del mundo, en la que me inscribí como lector internacional, la “Suprema Court”, el obelisco, el monumento a Abraham Lincoln, la tumba de J. F. Kennedy en el cementerio de Arlington y la George Washington University. En Philadelphia nos hospedamos en la casa de uno de los críticos literarios y uno de los poetas latinoamericanos más importantes radicado en USA, quien nos paseó por el barrio bohemio de la ciudad, hablando de todo hasta altas horas de la noche, entre vinos y quesos. Conocimos en la Campana de La Libertad, el Salón de la firma de la Independencia americana, el Museo de Arte de Philadelphia donde están las huellas de la película “Rocky”, y nos sentamos a lado de Benjamín Franklin y conversamos amenamente con estudiantes de la Penn University. En New Haven, Connecticut, visitamos el campus de la Yale University y el centro de la ciudad. Finalmente, llegamos a Boston, y conocimos el Museo de la Familia Kennedy, en el cual nos quedamos completamente dormidos, de cansancio, dentro del museo. Hicimos un tour completo por todo el campus de la Harvard University, así como por a la Boston University. A pesar de todo lo maravilloso que lo estábamos pasando, “Nefertiti” seguía fastidiada conmigo, y yo me di cuenta que en el fondo, estaba evidenciando su molestia porque yo aparentemente, estaba haciendo un tour universitario, con la finalidad de buscar una beca de estudios, pero no veía en mí, una decisión respecto a ella. El mensaje que expresaba su rostro era más o menos, el siguiente: “Ah qué bueno, o sea, tú te vienes a hacer turismo universitario, para seguir con tu carrera, y yo después me quedo sola, con mi corazón roto”. Pero lo que ella no imaginaba era que yo ya había tomado varias decisiones personales, que las mantuve en secreto, decisiones en las que obviamente, ella formaba parte, pero que por eso que se llama “el juego del amor”, no se las decía. No quería arriesgarme a sufrir otra vez, como me sucedió a mi llegada en el aeropuerto de New York. Había aprendido rápidamente. Ahora era yo el que la observaba a ella. Ahora era yo el que quería estar seguro, si ella también estaba dispuesta a comprometerse de verdad conmigo. Todo era parte del “juego del amor”.
Dos días antes de regresar a Lima, y como despedida, nos fuimos, muy elegantes a cenar a un muy bonito restaurante bohemio de moda, en aquella época, ubicado en la Quinta Avenida, llamado “El Torito”. Luego, nos fuimos a caminar de la mano por el Greenwich Village, para retornar finalmente a Flushing a pasar nuestra última noche en New York. Esa noche fue intensa y a la vez triste. “Nefertiti” estaba sufriendo una vez más. Yo por mi parte, también estaba triste, pero a la vez, seguro de mí mismo, respecto a las decisiones “secretas” que había tomado. Al día siguiente, nos dirigimos al aeropuerto John F. Kennedy, registré todo mi voluminoso equipaje, guitarra nueva incluida. “Nefertiti” estaba vestida con un hermoso abrigo de paño negro, con botones plateados y un pañuelo muy fino de seda blanca con bordes dorados. Parecía una oficial de la US NAVY. Estaba hermosísima. Milagrosamente, el cabello le había crecido de nuevo en New York en menos de cinco meses. El amor fue el milagro. Por los altavoces anunciaron la salida de mi vuelo a Lima. Ahora era yo el que partía. Nuestro amor, una vez más, estaba siendo probado por la prueba de la separación. Siempre será cruel, la separación de dos seres que se aman, pero, muchas veces, es el precio que exige el amor, y la separación es una fría moneda que muchas veces hay que pagar, para ser admitido en su fantasía. No hay amor sin dolor y yo estaba dispuesto a pagar ese precio, a apostar por nuestra felicidad, aunque eso significara separarnos de nuevo. Si antes decidí dejarla ir a “Nefertiti” para que sea feliz, ahora decidí partir yo, para poder ser felices los dos. Era una ecuación matemática compleja. Uno más uno no era dos, sería cuatro. Y así, me despedí con una sonrisa, y con esa absoluta seguridad, que solo otorga Dios cuando uno interpreta correctamente su “señal”. “Nefertiti” me acompaño hasta la misma puerta de embarque. Allí estaba parado un moreno policía de migraciones, inmensamente grande y gordo, perfectamente uniformado. Nos miraba con asombro cómo “Nefertiti” y yo, nos abrazábamos, acariciábamos y besábamos con infinita ternura. Luego, “Nefertiti” me mira a los ojos, llorando de dolor, y me pregunta con su dulce y suave voz de niña-mujer: ¿Nos volveremos a ver?, y yo le respondí, con una total seguridad: “Yo ya te demostré que te amo, viniendo a New York. Ahora te toca a ti, demostrarme cuanto me amas y si estás dispuesta a regresar a Lima, y dejar todo, absolutamente todo por mí, para ser feliz, para siempre, a mi lado.” Nos dimos un fuerte abrazo, la besé en la frente y entré a la sala de embarque. Caminé unos pasos, voltee a mirarla, y recuerdo como si fuera ayer, su imagen a través de la pared de vidrio, con el sonido de una fuerte tormenta que se desató en ese momento, la lluvia envolviendo sus lágrimas inagotables, su bello rostro con el sello del sufrimiento y el desconcierto. La vida, nos estaba sometiendo a una nueva prueba. Nuestros caminos se separaban una vez más, y solo Dios sabría, si era para siempre.
“Nefertiti” regresó a Lima, a mediados del año 1997, y no tenía a ningún familiar en Lima. Solo me tenía a mí, y era suficiente. Estaba arriesgando todo por su amor hacia mí, sin condiciones. Cuando la fui a recibir, y la vi a lo lejos, en la cola de revisión de maletas, comprendí, en toda su inmensa dimensión, que “Nefertiti” me amaba profundamente. El amor solo se demuestra con hechos, no con palabras, y ella, me lo estaba demostrando con su retorno, renunciando a su “Green Card”, que tantos años de sufrimientos le había costado, su contrato, sus planes de la U.S. NAVY, en fin, estaba renunciando a todo, por mí, y yo, en ese instante, tomé la decisión de casarme con ella, pero no le dije nada, solo la contemplaba y la amaba más que nunca.
Como “Nefertiti” no tenía a nadie en Lima, asumí totalmente su protección y cuidado. Por primera vez en mi vida, estaba asumiendo la responsabilidad y el compromiso “real” con una mujer. Dejé de ser un adolescente, para convertirme en todo un hombre. Asumiendo mis propias decisiones y acciones. La decisión de comprometerme con “Nefertiti”, fue la primera decisión madura de mi vida, y me sentía feliz de haberla tomado.


Estábamos sentados, escuchándola la misa, cuando le pasé la voz con mi mano. Ella volteó a mirarme, y le enseñé un papelito blanco doblado, y susurrándole al oído, le pido que lo lea. El papelito decía: “Frente a Dios como testigo, te pido con todo mi amor, que seas mi esposa ¿aceptas?”. “Nefertiti” lo leyó, y volteó rápidamente su cabeza hacia mí, me miró fijamente, con sus hermosos ojos llenos de felicidad, y dejó caer dos gruesas lágrimas por sus mejillas, y conteniendo el llanto, me dice con voz entrecortada: “Si mi amor, claro que acepto. Te amo”. Yo sentí que era el hombre más feliz del mundo. Le cogí la mano y le dije que le demos gracias a Dios, porque se había realizado su voluntad. Y así, empezó nuestro camino al altar.
Después de la emotiva ceremonia, tuvimos un sencillo pero significativo, almuerzo en un restaurant de comida peruana, entre familiares directos y amigos muy cercanos. No hubo baile, porque la familia todavía estaba de luto, pero hubo mucha alegría y romanticismo, y en medio de ese cálido ambiente, “Nefertiti” y yo, no pudimos evitar, bailar nuestra canción “La Boheme” de Charles Aznavour:
Recuerdo que uno de los comensales del lugar, se paró a un costado, y nos miró embelesado, cómo bailábamos, “Nefertiti” y yo, mirándonos fijamente a los ojos. Diciéndonos todo el amor que sentíamos el uno al otro, nos besámos, y en medio de ese hipnótico momento, el comensal grito con el corazón: ¡Eso es amor!. Nunca olvidaré, ese instante, porque, sin conocernos, ese comensal, extraño a nuestra vida, pudo apreciar, con suma naturalidad, cuán grande era nuestro amor. La felicidad, inundaba nuestra vidas.

Con nuestro matrimonio, cerramos con broche de oro, el clímax de una historia de amor que comenzó diez años atrás, con ese relámpago de amor que sentí en esa esquina de mi barrio. Todo lo vivido, todo lo soñado se revelaba en medio de ese baile mágico. Ese día fue nuestro, corrimos como niños por un hermoso parque, entramos a un “market” porque nos olvidamos comprar película para nuestra cámara fotográfica, todos nos aplaudieron, y el gerente nos regaló una caja de finos bombones de chocolate, estábamos embriagados de amor, y así entre champagne y fresas tuvimos nuestra “mil y una noche de amor”. Éramos felices, lo habíamos logrado.
Una mañana “Nefertiti” me llamó al trabajo, y me dijo que vaya urgente a la casa. Cuando llegué asustadísimo por ella, me esperaba echada en nuestra cama, con una cajita de zapatitos tejidos de lana, color celeste, y con lágrimas en los ojos me dijo: “Llegó nuestro bebé”.
Yo no pude aguantarme y sentí que dos ríos se salían de mis ojos, nos abrazamos fuertemente, le dimos gracias a Dios, y fuimos los esposos más dichosos. Nuestro más grande deseo se había cumplido. “Manzanilla” llegó al mundo un 05 de Junio del año 2002, e iluminó nuestra vida con toda su luz al ritmo del "Aserejé", alegre canción de moda en esa época:
“Manzanilla” es hoy, un dulce y precioso niño de seis años, que toca piano con partitura y todo, y canta “Let it Be” en Karaoke, frente al público y sin vergüenza alguna.
El segundo milagro de nuestra vida, fue la maravillosa y sorpresiva llegada de “Manzano”.
Digo sorpresiva porque nos enteramos de su llegada en un examen de rutina de “Nefertiti” a los pocos meses de haber dado a luz a “Manzanilla”. Recuerdo cuando el ginecólogo, mientras pasaba el ecógrafo, por el vientre de “Nefertiti”, y conversaba conmigo, me dijo:"¡Que abusivo eres, Ojoavizor, tu esposa está otra vez embarazada, y en menos de un año!". Yo seguí conversando como si no hubiera escuchado nada, y “Nefertiti” no sabía si llorar o reírse. Cuando reaccioné, la abracé y le dije: “Es la voluntad de Dios”, y el ginecólogo, amigo nuestro, me dijo: “Oye, oye, Ojoavizor, un momentito, no metas a Dios en esto, lo que ha pasado es que no te has esperado a que “Nefertiti” se recupere de su primer parto, y ya diste en el blanco otra vez, eres bravísimo, Ojoavizor”. Bueno, nos reímos todos, y lo celebramos con infinita alegría. Esa noche nos fuimos a un centro comercial y le compré un osito con abrigo amarillo y un paraguas que cuando cuando se presionaba la patita izquierda, sonaba la canción "Raindrops Keep Falling On My Head":
“Manzano” nació un 19 de Julio del año 2003, un año después de “Manzanilla”, y hoy es un bello y coqueto niño, que conquista a todos con su gracia e inteligencia, sobre todo cuando baila “Be-Bop-a Lula”:
“Manzanilla” y “Manzano” son todo en nuestras vidas. Ellos son el fruto más genuino de nuestro amor, y esperamos con todo nuestro corazón que sean hombres de bien en la vida, respetando la sensibilidad de los demás. Algún día ellos seguirán su camino, y lo único que les dejaremos, es esa formación de amor y decencia tan necesaria en estos tiempos. Estamos orgullosos de ellos, y yo en particular, me siento el padre más feliz del mundo, y le doy gracias a Dios, todos los días de mi vida, habernos bendecidos con estos preciosos y dulces hijos, con el especial encargo de cuidarlos y formarlos para su plan divino. Estoy seguro que, “Nefertiti” y yo, cumpliremos a cabalidad nuestra responsabilidad de formar en amor, a nuestros amados hijos, y aspiramos, que algún día le den muchas alegrías al mundo.