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sábado, 10 de octubre de 2009

El matrimonio

I
Recuerdo como si fuera ayer, el momento preciso cuando el Padre Franco, de la Iglesia Virgen de Fátima de Miraflores, nos decía a Nefertiti y a mí, un día como hoy hace 11 años, que en el matrimonio los casados debían estar juntos en la salud y "en la enfermedad". En ese momento, los asistentes que escucharon esa frase podrían haberla tomado como un mero formalismo del ritual católico, propio de la ceremonia del matrimonio, y no prestarle importancia. Para la mayoría de parejas que se casan por la Iglesia Católica, frases como esas, en realidad, pasan desapercibidas. Entiendo que esto es así, porque lamentablemente, es signos de nuestros tiempos ver al matrimonio solo como un evento social, olvidándose de la poderosa carga espiritual que tiene el sacramento del matrimonio, para cualquier religión. En mi caso, cuando yo escuché esa frase frente al altar, hice ante Dios, un voto espiritual de cuidar a Nefertiti en su enfermedad, para toda la vida. Lo que nunca me imaginé, es que años después, sería ella la que terminaría cuidándome a mí de una enfermedad que llegó en silencio. Ya todos mis generosos lectores saben lo que pasó éstos últimos días. Hoy solo quiero escribir éstas líneas para dar testimonio ante todos, que a pesar que Nefertiti, al enterarse de todo, entró en un profundo desasosiego y angustia, y que por momentos reaccionó con dureza, no frente a mí, sino frente a la enfermedad que me había invadido, a sabido cumplir con entereza, el voto que ella hizo también junto a mí, frente al altar ese 10 de Octure del año 1998. Ahora, 11 años después puedo decir, que mi matrimonio, lejos de ser perfecto y siendo por momentos complicado, funciona en base a esos votos que nos juramos cumplir, votos como el de la fidelidad, estar juntos en la riqueza o la pobreza, y sobre todo, juntos en la salud y en la enfermedad. Nada ha sido fácil en nuestro matrimonio. Nada. Cada día que ha pasado ha sido un constante esfuerzo por seguir juntos en medio de ideas diferentes, temperamentos, y factores externos que siempre apuntan a separar a las parejas antes que a fortalecerlas. Sin embargo, con la experiencia que me da estos años, pienso que solo hay algo que puede hacer posible que una alianza matrimonial sea indestructible: la fuerza del amor y la fe inquebrantable en Dios, que hace posible todo, por lo menos en nuestro caso, eso es lo que nos ha funcionado, ya que sin ese amor y fe, estoy seguro que no hubieramos resistido. Ha habido demasiado dolor, demasiado sufrimiento, que ahora se ha convertido en esperanza y alegría, al darme Dios una nueva oportunidad de vivir y hacer feliz a mi familia. Dios ha bendecido una vez más nuestro matrimonio, y somos infinitamente felices por eso.
II
Recuerdo esa mañana llena de sol, cuando Nefertiti entró en la Iglesia, completamente hermosa, y yo con los nervios que me traicionaban. Mientras ella avanzaba hacia el altar, pasó por mi mente, como una película, los tres años de amor que viví con Nefertiti como enamorados y después novios. Nuestras familias al inicio se mostraron escépticas de nuestra decisión de casarnos, pero a pesar de eso, desde el día de nuestro matrimonio, nos acompañaron y apoyaron para desearnos la mayor de las felicidades. Los dos éramos unos jóvenes enamorados y sabíamos perfectamente, que éramos el uno para el otro. Sabíamos que ninguna otra persona en el mundo entendería nuestras personalidades. La verdad es que Nefertiti y yo somos personas muy extrañas y solitarias. Nunca seguimos las formas de ser "convencionales", e incluso entre nosotros tenemos formas muy distintas de entender la espiritualidad. Son muchos motivos culturales y familiares que se conjugaron para moldearnos así. Lo que le agradezco a Dios, es que nos haya dado la lucidez para darnos cuenta que nuestro destino era estar juntos para siempre, a pesar de todo, de nuestras discusiones, desbalances emocionales y espirituales, de nuestros aprietos económicos, de nuestra salud. Gracias a Dios, la llegada de nuestros maravillosos hijos Manzanilla y Manzano, selló nuestro amor. Ellos consolidaron nuestra alianza matrimonial, ya que, el amor que les tenemos, siempre ha sido la piedra angular de nuestra familia. Son dos niños tan puros y dulces, que mirando sus bellos rostros, nos hace entender nuestra conexión con Dios. Durante los días que estuve internado, tuve la foto de ellos frente a mí para darme fuerza, para seguir en la lucha, y a través de ellos, Dios hizo el milagro de salvarme la vida. Nosotros solo somos un instrumento de él. Estamos seguros, que el amor y el ejemplo que les damos, forjarán en ellos, a dos buenas personas al servicio de Dios.
III
Nefertiti, quiero renovarte una vez más los votos que hice hace 11 años frente a ese altar. A pesar de todos nuestros errores, quiero que sepas que valoro lo que hiciste por mí durante la operación. Sé lo duro que ha sido todo esto para tí, en tan corto tiempo. Perdóname si no te conté la dimensión de lo que me estaba pasando, pero lo hice para protegerte a tí a toda la familia. Pero ya todo pasó. Me has demostrado la entereza y la fuerza para superar cualquier dolor. Tú misma has comprobado ahora, que a una enfermedad no solo se le debe combatir con médicos y medicinas, sino con la FE en Dios. Mi propia vida te lo está demostrando. Ahora que ya lo sabes, estás preparada para superar todo, absolutamente todo, inclusive tú propia alopecia. A nuestras familias, les pido que nos sigan apoyando, sin límites, como lo han hecho durante todos estos años, pero ahora con más comprensión, fuerza y convicción. Que nos tengan paciencia, que solo nos muestren lo mejor que tienen. Ayúdenos a construir una nueva vida, llena de agradecimiento a Dios. Ahora lo que mas deseo en el mundo, es poder vivir mejor que antes, sin sufrimientos inútiles, sin secretos, con mi corazón abierto a todos ustedes, quiero que mi alma de "Ojoavizor" se expanda a mi familia, y me acepten con mi espiritualidad. Nefertiti y yo necesitamos, mas que nunca, del amor de todos ustedes. No se arrepentirán. Encontrarán lo mejor de nosotros mismos, Dios nos ha dado una nueva oportunidad, y la tomamos con mucha humildad, agradecimiento y esperanza en el futuro.
P.D. Feliz Aniversario Nefertiti, ahora si que lo celebraremos con toda la familia, porque los triunfos del amor hay que celebrarlos.
Ojoavizor

lunes, 25 de agosto de 2008

Los diálogos con Platón

Cuando era estudiante en la Universidad, tuve la suerte de ser alumno del excepcional filósofo peruano, el maestro Juan Antonio Russo Delgado. Era una persona malhumorada y pocos entendían porqué. El fue un filósofo cultor de la filosofía fenomenológica alemana (hizo una traducción inédita de una de las obras del gran filósofo alemán, Martin Heidegger). Cada vez que hablaba o se cruzaba con personas indisciplinadas o de pensamiento flojo, montaba en cólera, mal temperamento que le generó, no muy pocos, detractores y críticos, no de su magnífica obra filosófica (plasmada en varios libros), pero si de su mal carácter.
A pesar de su complicada personalidad, el maestro despertó en mí, una extraña necesidad de ser su discípulo. Eso implicaba que debía prepararme mucho, antes de acercarme a él, para no despertar su enojo por mi indisciplinada juventud. Para esto, lo primero que hice fue comprarme un librito, muy bueno por cierto, que contenía la traducción de todos los escritos de "Los presocráticos", en una edición de bolsillo del Fondo de Cultura Económica de México (FCE). Poco a poco, fui formando una pequeña, pero sustancial, biblioteca personal de las obras de los más importantes filósofos. Paso siguiente, me matriculé en su curso sobre filosofía antigua en el famoso pabellón de Letras y Humanidades de la cuatricentenaria Universidad Mayor de San Marcos, Decana de América, en la que el maestro Russo enseño desde el año 1957 hasta el año 1987. Habían muy pocos estudiantes, ya que el maestro tenía fama de reprobar (en el Perú le decimos "jalar") a más del 80% de los alumnos matriculados en su curso, ya que para el maestro Russo, "el conocimiento exige mucha disciplina y pasión", virtudes que eran y son, cada vez más escasas en la juventud de todas las épocas. En resumen, ser alumno del maestro Russo, era un gran reto académico que desanimaba a la mayoría de los estudiantes, que preferían escoger profesores "light" y aprobar sus cursos sin contratiempos innecesarios.
Tuve mi primera clase con él, una tarde del año 84, que nunca voy a olvidar, ya que llegué tarde a su clase por haberse cruzado con el horario del examen de otro curso. Me recibó con una frase filosóficamente lapidaria, que si mal no recuerdo, decía lo siguiente: ¡Alumno, tenga mas cuidado con el tiempo, que a pesar de ser relativo, nos ayuda a saber qué hemos dejado de vivir un presente. Tome asiento y trate de vivir lo que queda del presente!. Lo que en realidad hizo el maestro, fue darme una clase introductoria del pensamiento de Heráclito, que puede resumirse en la máxima: "nadie puede bañarse dos veces con las mismas aguas de un río". El río es el tiempo que transcurre inexorablemente en nuestras vidas. Todo es un eterno presente, con aspiración de futuro. En suma, el curso fue una exigente experiencia académica en la cual solo aprobamos "dos" de los "diez" alumnos matriculados. Uno de ellos, por talento natural a la reflexión filosófica, y el otro, por persistencia.
Pasaron los años y un día de otoño, caminando por la calle Schell de Miraflores, que durante muchos años fue uno de los distritos más hermosos de Lima, avizoré a unos metros de mí, al maestro Russo que iba caminando pausadamente y meditabundo, entre bellos árboles repletos de moras, que cuando caían al piso, se maceraban entre los pasos perdidos de la gente, emanando un agradable olor a bosques silvestres. Me acerqué con respeto, pero con fundado temor a que me rechaze con su acostumbrado mal temperamento. Doble fue mi sorpresa cuando al saludarlo, me miró con una amplia y sabia sonrisa, reconociéndo inmediatamente a su persistente ex-alumno del curso de filosofía griega de años atrás. Disipados mis antiguos temores, me atreví a preguntarle qué comentarios le merecía un verso del poema "Vuelta" del gran poeta mexicano Octavio Paz (Premio Nobel de Literatura en 1990), que entre varios versos, había uno que me gustó sobre manera y se lo mecioné al maestro con mucho interés, decía: "Elegir, es equivocarse". Se quedo inmóvil, y fijando la mirada en un punto perdido, con sus manos entrelazadas hacia atrás, me dijo: "Hijo, estoy de acuerdo con Octavio Paz (al que dijo conocer en un Congreso de Filosofía en México, allá por los setentas), elegir es un error, ya que elegir divide. Unifique. La verdad es demasiado compleja como para elegir. Todos tenemos una parte de la verdad, por minúscula que sea. Sume, no divida. Elegir siempre divide, y la división siempre es un error."
Después de algunos años de ese diálogo, atesoro esas palabras y he hecho de ellas la base de mi actual pensamiento sobre el poder del diálogo, y en consecuencia, hago un gran esfuerzo por practicarlo en mi vida diaria. En general, siempre recomiendo buscar soluciones negociadas ante una controversia o conflicto. Los juicios siempre implican elegir. Gana uno, pierde el otro. No busquemos ganar a costa del otro. Apostemos por el diálogo. Busquemos que todos los involucrados en un conflicto, sean ganadores. El diálogo equilibrado es el camino hacia la solución de los conflictos. El diálogo es lo que nos diferencia de los animales. Nos libera de la ignorancia, ya que siempre podremos aprender algo del otro. El diálogo es lo opuesto a la reacción instintiva, tan propia de los tiempos actuales, pero que nos causa tanto daño a nuestras relaciones interpersonales y nos impiden desarrollarnos como personas y como sociedad.
A los once años de la muerte del maestro Russo, recuerdo vivamente su rostro reflexivo, su cuerpo torcido, su terno oscuro de los años cuarenta oliendo a naftalina y su cabello canoso que revela el inexorable paso del tiempo. La calle Schell ya no es la misma. Ya no están las moras ni su exquisito aroma silvestre, pero en mi mente, quedará grabado para siempre el diálogo de esa hermosa tarde en la que el maestro Juan Russo dialogó conmigo, como Platón.
Que descanses en paz, maestro.
Ojoavizor.