Hace unos días me fui de viaje a la ciudad de Ica con Nefertiti, Manzanilla y Manzano. Fue el primer viaje, como familia, después de los últimos dos años en los que estuve mal de salud. Como estoy prohibido, por prescripción médica, de manejar por largas distancias, nos fuímos en ómnibus. Mis pequeños hijos estaban felices. Era la primera vez que viajaban con papá y mamá. Toda una nueva experiencia y aventura para ellos. Nefertiti recibió la noticia del viaje por sorpresa, un día antes de partir. Ella está acostumbrada a mis viajes de trabajo de dos o tres días máximo, pero nunca imaginó que los llevaría a todos ellos conmigo. Eso fue lo más emocionante del viaje: la sorpresa. Siempre me gustó viajar de sorpresa. Sin planear, sin rumbo. Cuando era muy joven, cogía mi mochila y mi guitarra y me iba a cuaquier ciudad de mi país. El destino lo decidía minutos antes de abordar el omnibus. Me fascinaba sentir la libertad de viajar sin rumbo, mirando como pasaban las líneas blancas de la carretera, los paisajes, el mar, los rostros de la gente, los olores nuevos. Siempre es bueno cambiar de ambiente. Ayuda a cambiar de piel y mirar las cosas de una manera sustancialmente diferente a la que estamos acostumbrados. Lo que más disfrute del viaje fue precisamente, el haberles transmitido ese espíritu viajero. Nefertiti, que acostumbra a planificar todo, con ese extraordinario sentido de la responsabilidad y orden, que la caracteriza, fue cogida de sorpresa por mi espíritu aventurero, y ligeros de equipajes, cojimos nuestras mochilas, y tomamos el autobus como una pandilla de adolescentes, ávidos de aventuras, sin planes, sin temores, dejando atrás el asfalto de la capital en busca de la libertad y el aire fresco de las plantaciones más hermosas que tiene la costa del Perú.

II
Jamás olvidaré el rostro de nuestros adorados hijos viajando con nosotros en el ómnibus, disfrutando los paisajes, jugando con los botoncitos de sus asientos, prendiendo y apagando la luz, llamando una y otra vez a la terramoza, abriendo las cajitas de su servicio de almuerzo, jugando al bingo, leyendo sus historietas de spiderman, viendo el antiguo video de superagente 86 en los televisores colgados del techo del bus. Tampoco olvidaré sus gritos de alegría cuando llegamos al hermoso y discreto hotel, y eligieron sus camas en la inmensa habitación con dos ambientes que nos reservaron. Nefertiti quedo prendada con el lugar, no solo por su comodidad, belleza arquitectónica, sino por el silencio que reinaba en el entorno. El hotel es una muy antigua y grande Casa Hacienda del siglo XVIII, con toda la decoración de la época. Como podría olvidar también, cuando los ví correr entre las plantaciones de páprika, espárrago, berries, granadas, y dentro de las más modernas instalaciones construidas como producto de lo que ha se ha denominado "el boom agropexportador" del Perú. Inolvidable será también, las imágenes que guardo en mis retinas, de mis pequeños resbalándose por las dunas del oasis de la Huacachina, junto con mamá, y animándo a papá a tirarse por la duna encima de una tabla, como un niño más de la pandilla, a pesar de estar convaleciente de mi operación de columna vertebral. Solo el amor que siento por todos ellos, logró que ejecute esa deliciosa e irresponsable travesura. Cómo olvidar el rostro de Nefertiti mirando la laguna, donde reza la leyenda, habita una sirena, imaginando por un momento que ella era en persona, seduciéndome con su canto de amor.

III
Hoy estamos nuevamente en la ciudad. Hemos regresado a la gran nube gris que cubre nuestra querida Lima, que nos impide ver su cielo, y junto a ella ha regresado inesperadamente la inclemente alopecía de Nefertiti, sumiéndola en la tristeza. Su cabello ha empezado ha caerse de nuevo y todo su mundo tiembla, a pesar de todo nuestro amor, a pesar del viaje maravilloso, de los paisajes, a pesar del rostro de nuestros maravillosos hijos, a pesar de mis palabras. Es que así es la vida. Una larga cadena de alegrías y tristezas entrelazadas de lágrimas y esperanza. Yo podría estar triste también, pero no lo estaré, porque sé que a pesar que Nefertiti tiene todo el derecho a estar triste, también tiene todo el derecho a ser feliz, y yo y sus hijos estaremos siempre allí para hacer que eso sea posible.
Ojoavizor